Ah, Yolanda Díaz. Esa eterna estudiante aplicada que cuando llega el profesor a clase se sienta en primera fila, saca tres bolígrafos y sonríe como si le fueran a poner matrícula de honor en Historia Contemporánea.

Ayer no era la ministra de Trabajo. Era Julieta en el balcón ministerial esperando a su Romeo de Pedro Sánchez. Siete años han pasado. Siete. Y el presidente, por fin, decidió pisar el Ministerio de Trabajo. No para fichar, no para pedir café. Para estar. Para dejarse ver. Para que los funcionarios hicieran ese “run run” tan entrañable que describía la vicepresidenta: “Oh, viene el presidente al Ministerio y no al revés”. Casi parecía la visita del Niño Jesús al belén administrativo.

La escena tenía algo de pedida de mano institucional. Ella, emocionada, orgullosa de los 37 euros más al mes que —según explicó con ternura presupuestaria— permitirán que “la gente pueda comprar pescado o fruta a sus hijos”. El país entero pendiente del lenguado y la nectarina. 37 euros como frontera entre la dignidad nacional y el bocadillo de mortadela.

Porque no es una nómina lo que sube, no. Es “la dignidad de un país entero”. Así, en mayúsculas invisibles. Cuando sube el salario mínimo, sube la épica. Suben los violines. Suben los aplausos de sindicato en primera fila. Y si además está el presidente presente, ya es directamente una zarzuela con presupuesto europeo.

Pero lo verdaderamente delicioso no fueron los 1.221 euros brutos. Fue la frase. Esa frase que debería bordarse en punto de cruz en la tapicería del Consejo de Ministros: “Está y siempre ha estado en el lado correcto de la historia”.

Siempre.

Siempre es una palabra peligrosa. Siempre es una palabra que no admite hemeroteca. Siempre es una palabra que, si se usa delante de periodistas con memoria, provoca pequeñas carcajadas nerviosas.

Porque entonces uno se pregunta: si ella, que ha votado en contra de decisiones del propio Gobierno del que forma parte, si ella que se ha desmarcado, que ha hecho oposición selectiva desde la moqueta oficial… si Sánchez ha estado “siempre” en el lado correcto de la historia… ¿en qué lado estaba ella cuando disentía? ¿En el pasillo? ¿En el lado izquierdo del lado correcto? ¿En el lado provisional de la historia hasta nueva encuesta?

Hay algo fascinante en esa devoción súbita. Recordó incluso aquella llamada desde Davos, cuando él le dio las gracias por cerrar la subida a 950 euros. “Apenas nos conocíamos”, dijo. Casi una historia de amor por capítulos: Davos, la llamada, el agradecimiento, el crecimiento mutuo. Faltó música de fondo y un fundido en negro.

Y mientras tanto, el “batiburrillo” —permítaseme el término culinario— de extrema izquierda sigue cocinándose a fuego lento. Entre plataformas, frentes amplios, reagrupamientos y otras alquimias que cambian de nombre más rápido que el salario mínimo. Uno casi imagina a la ministra mirando al presidente con ese brillo de quien piensa: “Pedro, llévame contigo. Sálvame del laboratorio”.

Pero no. Ella insiste en que ha defendido “de manera no neutral” a la gente trabajadora. Nada de tibiezas. Nada de términos medios. Neutralidad, jamás. La Historia no se escribe con grises, se escribe con eslóganes.

El problema es que la Historia, la de verdad, la que no cabe en un atril, suele tener la mala costumbre de revisar actas. Y ahí, entre votaciones cruzadas, discursos contradictorios y entusiasmos variables, quizá el lado correcto no sea una línea recta, sino una rotonda.

Eso sí: el gesto fue bonito. El presidente en el Ministerio. La vicepresidenta emocionada. Los ministros en fila. La presidenta del Congreso, Francina Armengol, como invitada de honor. Casi faltaba confeti.

En política, dicen, los símbolos importan. Y ayer el símbolo fue claro: cuando el presidente aparece, el Ministerio se convierte en escenario. Y cuando la ministra habla de Historia, lo hace como quien ya se ve en nota a pie de página.

La pregunta es sencilla, casi doméstica: si uno proclama que el otro ha estado siempre en el lado correcto… conviene mirar dónde estaba uno mismo cuando no aplaudía.

La Historia es caprichosa. Y suele tomar apuntes.

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