En España tenemos una relación muy particular con los colores. No son solo colores: son banderas, símbolos, consignas. El rojo, el azul, el morado, el verde… cada uno pretende explicar el país como si la realidad fuese un catálogo de pintura.

Ahora ha aparecido una nueva teoría cromática en Castilla y León: la seguridad de las mujeres depende del color correcto del punto.

El violeta, al parecer, no sirve.

El verde, en cambio, sí.

Y quien lo afirma con convicción es Carlos Pollán, que ha decidido entrar en el debate público con una certeza que suena rotunda: el orden volverá cuando el color adecuado ocupe su lugar.

La política del gesto

España siempre ha tenido cierta debilidad por la política de gesto amplio. Esa manera de hablar en la que el dirigente parece no solo gobernar, sino encarnar una fuerza restauradora.

Es una tradición antigua, muy ibérica: el político que promete volver a poner el mundo en su sitio.

Una política donde el énfasis es casi corporal, casi teatral.Donde el discurso se infla un poco, se endereza, se muestra seguro de sí mismo.

Digámoslo con elegancia: hay discursos que parecen confiar mucho en la contundencia de su propia presencia.

El apellido Pollán, por esas casualidades fonéticas que tanto gustan al castellano popular, introduce además un matiz involuntario que el oído español capta enseguida. No hace falta insistir demasiado: nuestra lengua siempre ha tenido una habilidad especial para detectar los dobles sentidos cuando alguien habla con demasiada seguridad de sí mismo.

Cuando el poder ya estuvo ahí

Pero la ironía verdadera no está en el apellido ni en los colores.

Está en el calendario.

Porque Pollán no es un recién llegado a la política. Durante años ocupó la presidencia de las Cortes de Castilla y León, uno de los cargos institucionales más visibles de la comunidad.

Es decir: no hablaba desde la barrera.

Estaba dentro del ruedo.

Y eso introduce una pregunta inevitable, una de esas preguntas que suelen incomodar a la retórica política: si la solución era tan evidente, si bastaba con sustituir un color por otro… ¿por qué no se vio antes desde el sillón institucional?

La batalla cromática

La política contemporánea tiene una debilidad evidente: los símbolos sencillos.

Un color funciona mejor que un informe técnico.

Una metáfora circula más rápido que una política pública.

Por eso el debate acaba convertido en algo parecido a una disputa estética: verde contra violeta, como si la seguridad ciudadana fuese una cuestión de tonalidades.

Pero la realidad es menos pictórica.

La seguridad depende de presupuestos, coordinación policial, justicia eficaz, prevención, recursos sociales. Cosas aburridas, técnicas, poco fotogénicas.

Nada de eso cabe en una metáfora de campaña.

La seguridad y el tamaño del discurso

Hay además una estética particular en cierto tipo de intervención política: esa forma de hablar en la que cada frase intenta sonar más firme que la anterior.

Es un estilo muy reconocible.

Una manera de presentarse como quien llega con la determinación suficiente para arreglar lo que otros no han sabido.

A veces da la impresión de que la política se convierte en una especie de competición de contundencia verbal, donde cada cual intenta demostrar que su solución es más firme, más decidida, más definitiva.

El problema es que la realidad rara vez se deja impresionar por el volumen del discurso.

El punto, al final

Quizá el debate no debería centrarse en si el punto es violeta o verde.

Quizá la cuestión sea otra: si la seguridad de una sociedad depende de políticas concretas o de gestos simbólicos.

Porque cuando la discusión pública gira alrededor de colores, metáforas y demostraciones de firmeza, uno empieza a sospechar que lo importante ya no es la solución.

Es la exhibición del discurso.

Y entonces ocurre algo muy español: el debate se llena de afirmaciones rotundas, de seguridades muy visibles, de convicciones que se muestran con entusiasmo.

Pero la realidad —más discreta, más tozuda— suele recordarnos que gobernar no consiste en demostrar quién habla con más aplomo.

Consiste, simplemente, en hacer cosas cuando se tiene el poder para hacerlas.

Algo que, como saben bien los viejos cronistas parlamentarios, rara vez depende del color… ni del énfasis con el que se pronuncie el apellido. @mundiario

 

Por Editorial

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