Hubo un tiempo en que la Organización Mundial de la Salud representaba algo parecido a una autoridad mundial. Sonaba incluso tranquilizador. Uno imaginaba científicos, epidemiólogos, protocolos inmediatos y capacidad real para actuar cuando aparecía una amenaza sanitaria seria. La idea era sencilla: si una enfermedad podía cruzar fronteras en horas, el mundo necesitaba un organismo capaz de reaccionar más rápido que el propio virus.

El problema es que la realidad ha terminado desmontando el decorado. Lo vimos con el covid-19. Lo hemos visto con escándalos internos vergonzosos. Y lo volvemos a ver ahora con el esperpento del brote de hantavirus en ese barco donde distintos pasajeros potencialmente expuestos abandonaron la embarcación mientras después comenzaba la carrera para localizarlos, reconstruir contactos y buscar posibles afectados por medio mundo. Es decir, exactamente lo contrario de lo que debería ocurrir cuando existe una organización internacional creada específicamente para gestionar crisis sanitarias globales. Y aquí aparece la pregunta incómoda que cada vez más gente empieza a hacerse.

Una ilustración crítica sobre la OMS.
Una ilustración crítica sobre la OMS.

¿Para qué sirve realmente hoy la OMS?

Porque da la sensación de que muchas veces actúa como una gigantesca oficina burocrática internacional especializada en llegar tarde, redactar comunicados asépticos y celebrar reuniones cuando el problema ya está encima de la mesa. Mientras tanto, los ciudadanos observan cómo las decisiones se retrasan, los gobiernos se contradicen y las alertas sanitarias acaban convertidas en una especie de tómbola diplomática donde nadie parece tener autoridad real para actuar con contundencia inmediata.

Ese es el verdadero problema: la sensación de descontrol. Porque un virus no espera a la siguiente reunión del comité correspondiente. Un brote no entiende de protocolos eternos ni de informes de quinientas páginas redactados en lenguaje administrativo. Y un barco con posibles afectados no puede convertirse en un escenario donde pasajeros potencialmente expuestos desaparecen por aeropuertos y fronteras mientras luego empiezan las prisas y los rastreos improvisados.

La OMS nació para coordinar respuestas globales rápidas. No para limitarse a recomendar. No para convertirse en un observador internacional con buena intención y poca capacidad ejecutiva. No para actuar siempre varios pasos por detrás de los acontecimientos. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que transmite hoy.

Un organismo necesario, pero agotado

Lo más preocupante es que ya casi nadie se sorprende. Ahí está el fracaso real. Cuando una institución internacional pierde la capacidad de generar confianza, seguridad y autoridad, deja de ser parte de la solución para convertirse en parte del problema.

Ojo, el mundo sí necesita un organismo sanitario internacional fuerte. Más que nunca. Vivimos en un planeta hiperconectado donde cualquier enfermedad detectada en cualquier rincón del mundo puede llegar a Europa en cuestión de horas. Pensar lo contrario sería absurdo.

Pero precisamente por eso la OMS actual parece agotada. Mi opinión es clara: la Organización Mundial de la Salud debería desaparecer tal y como hoy la conocemos y refundarse desde cero. Sin burocracia política infinita. Sin estructuras lentas. Sin diplomacia paralizante. Hace falta una nueva organización internacional con capacidad real de actuación inmediata, protocolos automáticos, transparencia absoluta, responsabilidades claras y autoridad efectiva para coordinar crisis sanitarias globales de verdad.

El riesgo sanitario global del que casi nadie quiere hablar

Y hay otro debate que rara vez se aborda con serenidad. Europa está viviendo una llegada masiva y descontrolada de inmigración desde distintas zonas de África y otras regiones del mundo donde existen enfermedades, virus y problemas sanitarios que muchas veces ni siquiera están correctamente monitorizados. Y no, los inmigrantes no son culpables de nada. Bastante tienen muchos con jugarse la vida escapando de guerras, mafias o miseria. Pero negar el riesgo sanitario sería directamente irresponsable.

La historia demuestra que las grandes migraciones y los contactos masivos entre poblaciones siempre han traído consigo impactos epidemiológicos enormes. Ocurrió con la viruela llevada por los europeos a América, que devastó poblaciones enteras que no tenían defensas naturales frente a esa enfermedad. Y también existe un amplio debate histórico sobre cómo la sífilis pudo recorrer el camino inverso desde América hacia Europa tras los viajes de finales del siglo XV. La historia humana está llena de epidemias viajando junto a barcos, rutas comerciales y movimientos de población.

Por eso resulta todavía más preocupante que el mundo afronte esta nueva realidad global con organismos lentos, burocráticos y sin capacidad real de control inmediato. Porque antes o después llegará otra gran epidemia. No es alarmismo. Es pura lógica histórica y estadística. Y cuando ocurra, más vale que exista algo mucho más eficaz que esta OMS agotada que hoy parece vivir atrapada entre protocolos eternos y comunicados tardíos.

Porque si algo ha demostrado esta época es que los virus viajan mucho más rápido que los burócratas. Y bastante más rápido que los comunicados oficiales. @mundiario

Por Editorial

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