En un país capaz de discutir durante horas sobre política, fútbol o tortilla con cebolla, hay algo que no admite debate: el aceite de oliva virgen extra es religión civil. Y cuando uno prueba Centenarium Premium de Nobleza del Sur, comprende que en Jaén no solo crecen olivos; crecen catedrales líquidas.

Yo soy castellano. De secano, si me apuran. Pero mi desayuno, queridos lectores, es andaluz hasta la médula. Puede haber cacao, café, té o lo que el ánimo disponga. Puede aparecer un acompañante más o menos digno. Pero hay algo que no falla jamás: pan tostado. Y si la fortuna sonríe, molletes de Antequera, esa esponja celestial que absorbe aceite como si hubiera nacido para ello.

Centenarium Premium fue un regalo de mi hija estas pasadas Navidades, todavía recientes, con ese aroma a espumillón y sobremesa larga que aún no se ha ido del todo. Y desde entonces lo sigo disfrutando cada mañana, con esa mezcla de placer y melancolía que produce ver cómo el nivel del líquido va descendiendo poco a poco en la botella. Hay obsequios que se guardan en un cajón. Y hay otros que se abren, se vierten y se veneran día tras día, hasta que uno empieza a mirar el envase con cierto recelo, como quien teme que el tesoro tenga fecha de caducidad.

Centenarium Premium, el oro verde de Jaén

Nobleza del Sur nace en la provincia de Jaén, donde el olivo no es cultivo sino genealogía. Esta firma familiar ha convertido la paciencia en método y la tradición en excelencia. Su Centenarium Premium no es un aceite: es una declaración de principios.

El primer hilo verde cayendo sobre el pan tostado fue casi litúrgico. Aroma limpio. Frutado elegante. Equilibrio sin estridencias. Ese picor leve que no agrede, sino que despierta. Uno moja el pan y, sin saber muy bien cómo, la mente se despeja. Como si el cerebro dijera: “Ahora sí. Empezamos”.

España: tierra de aceites que compiten con los dioses

España tiene aceites maravillosos allá donde se mire. Desde las Arribes del Duero de mi querida Salamanca —esa frontera noble donde el río se encajona con más dignidad que algunos próceres— hasta el Toledo imperial, donde el olivo conversa con las piedras viejas. Y, por supuesto, Jaén, que juega en otra liga.

No es chauvinismo. Es evidencia. El aceite español no necesita marketing estridente; necesita pan.

En Jaén el olivo se mima. Se respeta el fruto. Se recoge en su momento exacto. Se moltura con rapidez casi quirúrgica. El resultado es ese licor dorado que convierte una tostada humilde en desayuno de emperadores.

Porque eso es el aceite de oliva virgen extra cuando es bueno: una forma de empezar bien la mañana. Y empezar bien la mañana es empezar bien el día. Y empezar bien el día, en estos tiempos que corren, ya es casi una declaración de cordura.

Un manjar de dioses (y de gente sensata)

Centenarium Premium no es un aceite para esconder en la despensa. Es para tenerlo a la vista. Como se exhiben las cosas que nos recuerdan que España, pese a todo, sigue sabiendo hacer las cosas bien cuando quiere.

Ole por quienes miman la oliva hasta convertirla en este elixir. Ole por quienes entienden que la excelencia no se improvisa. Y ole por las hijas que saben que a un padre no se le conquista con colonia, sino con aceite bueno.

España podrá discrepar en muchas cosas. Pero cuando el pan cruje y el aceite cae, se hace el silencio.

Y eso, créanme, también es patria. @mundiario

 

Por Editorial

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