Hay libros que describen una época. Y hay libros que la diagnostican.

El ensayo Los hijos de los boomers, de Estefanía Molina, pertenece a la segunda categoría.

La autora pone palabras a una sensación extendida entre muchos jóvenes españoles: la ruptura silenciosa del contrato generacional.

Durante décadas, el relato fue claro: estudia, esfuérzate, trabaja, progresa más que tus padres. Ese fue el pacto implícito que sostuvo la estabilidad social tras la Transición y durante los años de expansión económica.

Hoy ese pacto cruje.

Una promesa que ya no encaja con la realidad

La generación que creció bajo la promesa meritocrática se encuentra con una realidad distinta:

  • Formación más alta que nunca.

  • Acceso más difícil que nunca a la vivienda.

  • Trayectorias laborales fragmentadas.

  • Incertidumbre estructural sobre el futuro.

No hablamos de victimismo, sino de estructura.

Mientras los baby boomers accedieron a vivienda con salarios proporcionales al precio del metro cuadrado, disfrutaron de mayor estabilidad contractual y cotizaron en un sistema demográfico expansivo, sus hijos afrontan alquileres que absorben gran parte del sueldo, temporalidad elevada y un sistema de pensiones tensionado por el envejecimiento.

No es una acusación generacional. Es un diagnóstico económico.

La brecha intergeneracional como problema político

Cuando una generación percibe que el sistema no le permite mejorar su posición, la desconfianza institucional aumenta.

El desencanto político, el crecimiento de opciones disruptivas, la polarización y la tentación antisistema no surgen en el vacío. Surgen cuando la movilidad social se bloquea.

La estabilidad democrática descansa sobre una expectativa: que el esfuerzo tenga recompensa y que el futuro pueda ser mejor que el pasado.

Si esa expectativa se rompe, el voto deja de ser esperanza y se convierte en castigo.

Y eso es un síntoma peligroso para cualquier sistema político.

No es una guerra entre generaciones

El debate no debería plantearse como una confrontación entre boomers y millennials o generación Z.

El verdadero debate es si el modelo económico y político español está ajustado a la realidad demográfica y productiva actual.

Vivienda convertida en activo financiero.

Mercado laboral dual.

Sistema de pensiones bajo presión.

Fiscalidad que recae de forma desigual.

Dificultad para emprender y generar tejido productivo dinámico.

Si no se abordan estas cuestiones con reformas estructurales, la brecha generacional seguirá ampliándose.

Reformar antes de radicalizar

El libro no es un ataque. Es una advertencia.

España necesita una conversación adulta sobre equilibrio intergeneracional: cómo garantizar pensiones sin asfixiar a quienes empiezan, cómo facilitar la emancipación, cómo reconstruir una clase media real, cómo asegurar que trabajar vuelva a significar progresar.

No se trata de nostalgia ni de ideología. Se trata de estabilidad.

Porque un país en el que los hijos viven peor que sus padres no solo tiene un problema económico. Tiene un problema político de fondo.

Y los problemas políticos que se ignoran durante demasiado tiempo acaban explotando.

Escuchar análisis como el de Estefanía Molina no es un gesto intelectual. Es un ejercicio de responsabilidad. @mundiario

Por Editorial

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