La Fiesta de la Vaquilla de Colmenar Viejo no comienza cuando la vaquilla pisa la calle, sino mucho antes, en un tiempo sin fecha exacta, cuando el pueblo era paso y descanso, cuando la trashumancia marcaba el calendario y la vida se entendía a golpe de camino. De ahí viene todo: el ruido, el rito y esa forma tan colmenareña de celebrar sin pedir permiso y sin explicarse demasiado.

Aunque su origen se pierda en lo antiguo, la Vaquilla sí tiene día y hora. Este año se celebra el sábado 31 de enero, y las primeras vaquillas empiezan a salir a partir de las cuatro de la tarde, cuando el frío ya se ha instalado y la luz comienza a caer despacio. No hay prisa. La Vaquilla nunca ha entendido de relojes exactos: dura lo que tiene que durar.

Una vaquilla sin sangre: todo es símbolo

Desde fuera, la fiesta impresiona. Se habla de toros, de vaquillas y hasta de muerte, palabras grandes que asustan al que no conoce la liturgia. Pero aquí no hay animal alguno ni violencia real. Lo que recorre las calles es un armazón de madera con pitones, bellamente vestido con mantones, flores y pañuelos. Debajo va un hombre, uno de la cuadrilla, que se va turnando con otros porque el cuerpo también forma parte del ritual. Y ese hombre no corre ni embiste: baila. Baila durante horas, sosteniendo el peso de la estructura y dándole vida con un movimiento que no es coreografía, sino costumbre heredada.

Hondas, baile y calle

Alrededor, el resto de la cuadrilla acompaña danzando y haciendo sonar las hondas. No lanzan piedras ni buscan blanco alguno. Las hondas cortan el aire como un látigo y producen ese chasquido seco y estrepitoso que se escucha antes de ver nada. Es un sonido antiguo, casi primitivo, que no amenaza pero impone, y que anuncia que la Vaquilla está en la calle y que, por unas horas, la calle manda.

Nada es improvisado, aunque lo parezca. El recorrido tiene lógica y memoria. El mayoral, figura discreta y firme, decide por dónde se va, cuándo se para y en qué “iglesias” se entra. Y conviene aclararlo para los menos duchos: esas iglesias son bares, bares de toda la vida, con barra, grifo y parroquianos fieles. No se entra por casualidad ni por sed momentánea. Se entra por tradición. Porque ahí se ha entrado siempre y porque la Vaquilla también sabe de liturgias terrenales.

Es una fiesta apta para todos. Para niños, mayores y forasteros con curiosidad. Todo en ella es figurado: la fiereza es teatral, la fuerza es simbólica y la muerte, cuando llega, es rito y cierre, no tragedia. Por eso los niños miran sin miedo y los mayores sin solemnidad impostada. La Vaquilla no amenaza: representa.

Benjamina: cuarenta veces en la calle

Este año, además, una de las vaquillas sale a la calle con una historia especialmente larga a sus espaldas. Benjamina cumple cuarenta salidas, que no es poca cosa. De benjamina ya solo conserva el nombre, porque hoy es una de las más longevas de la fiesta. El nombre juega a despistar, pero la realidad se impone: Benjamina ha visto pasar cuadrillas, manos jóvenes y manos cansadas, ha entrado en las mismas iglesias año tras año y sigue saliendo con esa serenidad que solo da el tiempo. No necesita destacar. Ya está escrita en la memoria.

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Como marca la costumbre, todas las vaquillas acaban encontrándose en la Plaza del Pueblo, donde el ruido se condensa, el frío aprieta y el público entiende que ese es el corazón del día. Allí se reconocen, se miden y, sin decirlo, se despiden antes de emprender el camino de vuelta.

La danza final y las rosquillas

Y al final, cada vaquilla regresa a su casa. Suenan un par de disparos al aire o algún cohete. La vaquilla realiza su danza final, se balancea por última vez y cae. No hay drama ni estridencias. Es simplemente el cierre natural del recorrido. Entonces se reparten las rosquillas que han ido colgadas de la estructura durante todo el día. Se comen allí mismo, de pie, con las manos frías y la conversación tranquila, como se hacen las cosas que importan.

La Vaquilla no necesita grandes explicaciones.

Es calle, es sonido, es memoria compartida.

No mata nada.

Y si el lector aún duda, que venga.

Que se acerque el sábado 31, que siga el ruido, que pregunte sin vergüenza y se deje llevar. Aquí no hace falta saber nada de antemano. Basta con estar, escuchar y caminar un rato detrás de la vaquilla. Porque hay fiestas que se cuentan… y otras, como esta, que solo se entienden cuando se pisan. @mundiario

 

Por Editorial

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