En Málaga hay una catedral manca. No coja: manca. Le falta una torre, como a un caballero antiguo le faltaba un brazo después de Lepanto. Y no, no fue por desidia, ni por chapuza, ni por dejadez municipal. Fue por algo mucho más noble, más caro y, sobre todo, más español: porque el dinero se fue a financiar la independencia de los Estados Unidos de América.

La Catedral de Málaga, conocida con ese diminutivo tan andaluz y tan resignado de La Manquita, se quedó sin torre sur cuando ya llevaba siglos levantándose. ¿El motivo? Durante el reinado de Carlos III, parte de los fondos destinados a rematar el templo acabaron en un asunto menor: derrotar a los ingleses al otro lado del Atlántico para que unas colonias pudieran independizarse y, con el tiempo, dar lecciones de democracia al mundo.

España financió la independencia de Estados Unidos

España no entró en la Guerra de Independencia de Estados Unidos por romanticismo revolucionario. Entró por geopolítica, por fastidiar a Londres y por ese viejo impulso imperial de estar en todas partes, aunque luego nadie te dé las gracias. Se enviaron soldados, barcos, armas, pólvora, dinero y algo aún más valioso: tiempo y vidas. Y entre cañonazo y cañonazo, alguien en Málaga dejó de poner piedras en una torre.

El resultado es perfecto: ellos ganaron un país; nosotros, una catedral asimétrica.

Mientras tanto, al otro lado del océano, un señor llamado Bernardo de Gálvez tomaba Pensacola a base de coraje, estrategia y mala leche española, sin saber que, dos siglos después, su nombre sería más conocido en una avenida secundaria de Texas que en los libros de texto de su propio país.

Salamanca, el derecho y las ideas que inspiraron a los EE UU

Pero la cosa no acaba en los cañones. La deuda no es solo económica; es intelectual y moral. Porque los padres fundadores de los EE. UU. no solo recibieron dinero y pólvora, sino ideas. Y esas ideas no nacieron en Filadelfia, sino en Salamanca.

En la Escuela de Salamanca, frailes dominicos como Francisco de Vitoria y Francisco Suárez formularon conceptos revolucionarios: igualdad natural, soberanía popular, legitimidad del poder basada en el pueblo y no en la gracia divina. Todo eso aparece, convenientemente traducido y sin cita a pie de página, en la Declaración de Independencia de 1776.

Es decir: les dimos el dinero, las armas… y las ideas.

Y por si a alguien le parece que todo esto son exageraciones de historiador con vino de más, conviene recordar que la historia —la de la verdad— acaba poniendo a cada cual en su sitio. Los próximos 20 y 21 de enero, la Casa de América de Madrid acogerá el congreso «El legado de España en Norteamérica», organizado por el Capítulo de Toledo con el apoyo de Iberdrola, Casa de América y la Fundación Consejo EE. UU.–España. Allí se analizará, con documentos, cifras y nombres propios, aquello que durante demasiado tiempo se ha barrido bajo la alfombra: la decisiva aportación española a la independencia de los Estados Unidos, tanto en lo militar y económico como en lo intelectual.

Entre los ponentes figura Ricardo Rivero, ex rector de la Universidad de Salamanca, que expondrá la influencia directa —aunque nunca reconocida— de la Escuela de Salamanca en la Declaración de Independencia de 1776. No es un detalle menor. Es, en realidad, la prueba de que buena parte de los cimientos morales y jurídicos de la democracia estadounidense se fraguaron entre las piedras doradas del Tormes. Tuve el honor de participar, ayudando en lo que pude, durante el octavo centenario de mi universidad en 2018, y puedo dar fe de que esa tradición intelectual no es arqueología: sigue viva, incómoda y peligrosamente lúcida.

Una deuda histórica que sigue sin saldarse

¿Y qué recibimos a cambio? El Mississippi perdido, Nueva Orleans abierta de par en par, tratados desventajosos y una deuda que, actualizada, superaría los 364.000 millones de dólares. Más de lo que han ofrecido jamás por Groenlandia. Pero no pasa nada: aquí seguimos, discutiendo si merece la pena terminar la torre de Málaga o dejarla como está, no vaya a ser que nos recuerde demasiado lo que fuimos.

Y sin embargo, hay algo profundamente hermoso en todo esto. Cada vez que alguien mira La Manquita, está mirando un monumento involuntario a la independencia de los Estados Unidos, pagado con dinero español, pensado desde Salamanca y ejecutado con sangre andaluza, castellana y americana.

Yo, que soy salmantino, no puedo evitar cierta emoción. Porque mientras ellos celebran aniversarios con fuegos artificiales, nosotros conservamos algo mejor: una catedral inacabada que demuestra que España, incluso cuando pierde, lo hace a lo grande.

La torre que falta no es un fracaso.

Es una factura pendiente.

Y sigue sin pagarse. @mundiario

 

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