Durante siglos, el ajedrez fue un reflejo fiel de un mundo inmóvil. El rey avanzaba poco, protegido, casi intocable. A su lado, una figura secundaria —el antiguo visir— se movía con timidez, sin capacidad real para alterar el curso de la partida. El poder se entendía como algo rígido, jerárquico y masculino. Gobernar consistía en ocupar un lugar, no en ejercer una voluntad. El tablero reproducía ese orden sin cuestionarlo, como un espejo obediente de la sociedad feudal.

Pero ese mundo empezaba a resquebrajarse. A finales del siglo XV, Europa entraba en una etapa distinta: los reinos se centralizaban, la política se aceleraba y el poder dejaba de ser solo hereditario para convertirse en algo que debía ejercerse de forma activa. Gobernar ya no era una pose, sino una acción continua. Y ese cambio necesitaba también una nueva forma de representarse, incluso en un juego.

Antes de la reina, el tablero obedecía

El ajedrez medieval no conocía el vértigo ni la sorpresa. Las partidas eran largas, contenidas, previsibles. La pieza que hoy decide ataques, sacrificios y finales era entonces poco más que un acompañamiento decoroso. No mandaba, no arriesgaba y rara vez inclinaba la balanza. El juego reflejaba un orden donde todo parecía decidido de antemano.

Ese ajedrez, heredado del mundo islámico, representaba un equilibrio antiguo que ya no encajaba con la Europa que estaba naciendo. Los Estados modernos empezaban a tomar forma y el poder comenzaba a medirse por la capacidad de intervenir en la realidad, de imponer decisiones y de asumir riesgos. Hacía falta otro lenguaje simbólico. Incluso en un tablero de ajedrez.

Scachs d’amor: la partida donde nace la reina moderna

El momento exacto del cambio no es difuso ni discutible. Está escrito. Ocurre en un poema valenciano de finales del siglo XV: Scachs d’amor. Bajo la apariencia de un texto cortesano, el poema describe una partida de ajedrez completa, jugada a jugada, como si cada movimiento escondiera algo más que una metáfora amorosa.

Sus autores —Francesc de Castellví, Bernat Fenollar y Narcís Vinyoles— introducen una novedad decisiva: la reina se mueve sin límites. Cruza filas y diagonales, ataca, domina y decide la partida. No hay precedentes conocidos. No es una mejora técnica ni una evolución casual del juego. Es una ruptura consciente.

En ese instante, el ajedrez medieval queda superado. El tablero deja de representar un orden estático y empieza a reflejar un mundo en conflicto.

Isabel la Católica entra en el tablero

Esa reina no es un símbolo abstracto ni una alegoría vaga. Tiene un referente claro y reconocible: Isabel la Católica. Isabel no reinó desde la distancia ni fue una figura decorativa. Gobernó. Tomó decisiones difíciles, impuso autoridad y consolidó un poder que no pedía permiso. Su mando no fue tutelado ni secundario. Fue efectivo, directo y, en muchos momentos, implacable.

El tablero necesitaba una imagen capaz de representar ese nuevo tipo de poder. En la nueva partida, el rey sigue siendo necesario. Es la pieza que no puede caer. Pero quien mueve el juego es la reina. Quien ataca, quien se expone y quien puede sacrificarse para ganar. El mensaje no admite confusión: el poder moderno no puede ser inmóvil. Debe moverse, adelantarse y asumir riesgos. Y puede hacerlo una mujer.

De Valencia a Europa: cuando el ajedrez dejó de ser inocente

Desde Valencia, ese nuevo ajedrez se extendió con rapidez por la península y por Europa. No fue impuesto ni debatido: se adoptó porque funcionaba. Era más rápido, más agresivo y más parecido a la política real. El tablero dejó de ser un ritual elegante para convertirse en un espacio de conflicto, de tensión y de decisión.

Cinco siglos después, seguimos jugando aquella idea fundacional. Cada vez que una reina cruza el tablero de extremo a extremo, se repite el mismo gesto: el poder no reside solo en quien ocupa el trono, sino en quien tiene la capacidad de actuar.

La reina del ajedrez nació para representar a una mujer concreta. Isabel la Católica.

Y desde entonces, manda. @mundiario

 

Por Editorial

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