10/02/2026 (i-d) El ministro de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, Pablo Bustinduy, La vicepresidenta del Gobierno y ministra para Transición Ecológica y el Reto Demográfica, Sara Aagesen, la Ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones y portavoz del Gobierno, Elma Saiz y la ministra de Sanidad, Mónica García, durante una rueda de prensa tras la reunión del Consejo de Ministros, a 10 de febrero de 2026, en Madrid (España). El Consejo de Ministros aprueba este martes una nueva Estra

Hay frases que nacen ya con vocación de mármol. No de mármol clásico, no. De ese mármol institucional que uno imagina en una sede ministerial con aire acondicionado y café de cápsula.

La última nos la han regalado, con solemnidad casi bíblica, Mónica García y Pablo Bustinduy, al defender la gestión “fundamental” de Yolanda Díaz en el Gobierno y proclamar, sin despeinarse, que es “la mejor ministra de Trabajo”.

La mejor.

No una buena ministra.
No una ministra solvente.
No una ministra eficaz.

La mejor.

Siempre me ha fascinado esa facilidad que tiene la política española para instalarse en el superlativo absoluto. Aquí no se administra: se lidera. No se trabaja: se transforma. No se gestiona: se hace historia. Y, por supuesto, no se es ministra: se es la mejor ministra.

Uno imagina la escena. La comparecencia, los micrófonos, la mirada firme y la frase lanzada como quien tira confeti en una boda civil. Nadie parpadea. Nadie sonríe. Todos convencidos. O al menos disciplinados.

Lo extraordinario no es el elogio —que en política es deporte nacional—, sino la inflación retórica. Porque cuando todo es “histórico”, “fundamental” y “lo mejor”, nada lo es.

Decir que alguien es “la mejor ministra de Trabajo” implica, por definición, haber hecho un ranking universal, haber consultado el oráculo laboral y haber comparado con todos los ministros y ministras anteriores, presentes y futuros. Pero en la política española el superlativo no es comparativo: es afectivo.

Se dice “la mejor” como quien dice “la nuestra”.

Y ahí está el matiz. No es un juicio técnico, es un gesto de bloque. No es una evaluación, es un aplauso interno. Lo cual es legítimo. Lo que resulta cómico es la solemnidad con la que se pronuncia.

La política actual ha sustituido el análisis por el eslogan y la crítica por la coreografía. Se felicitan entre ellos con la intensidad de una gala de premios autonómicos. Se citan como si estuvieran inaugurando el siglo.

Mientras tanto, el ciudadano asiste a estas escenas con una mezcla de fatiga y desconcierto. Porque cuando el Gobierno se califica a sí mismo con medallas de oro, la pregunta no es si se creen lo que dicen, sino si creen que nosotros lo creemos.

En el fondo, el problema no es el elogio. Es la hipérbole constante. Es esa necesidad de convertir cada respaldo interno en una ovación épica. Es esa costumbre tan nuestra de coronar antes de evaluar.

España es un país donde siempre hay “la mejor”, “el más preparado”, “la más valiente”, “el más transformador”. Lo curioso es que el país real nunca parece enterarse de tanta excelencia.

Pero tranquilos. Mañana habrá otro titular, otra frase monumental y otra proclamación histórica. Y volveremos a descubrir que vivimos en el Gobierno más brillante de la galaxia conocida.

Hasta el siguiente comunicado.

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