Hay personas que no pasan por la historia: la atropellan. Ione Belarra es una de ellas. Comparece en Todo es mentira y, con la misma seguridad con la que otros se equivocan al sumar, decide que la Guerra Civil española no debería llamarse Guerra Civil. Que ese nombre, al parecer, es “fascista”. Y que, por tanto, habría que cambiarlo. Como quien cambia el nombre de una calle, pero sin pasar por el engorro de pensar.

La Guerra Civil —esa tragedia que partió España en dos, llenó cunetas, exilios y silencios— resulta que no fue civil. O no del todo. O solo lo fue según los fascistas. La lógica es impecable: si la historia no me gusta, la renombro; si no encaja en mi relato, la declaro ilegítima. Orwell, que algo sabía de estas cosas, estaría tomando notas desde el más allá.

Pero Belarra no se queda ahí. No. Va un paso más allá, porque siempre hay un escalón más en la escalera del disparate. Resulta que con los fascistas no se habla. Punto final. Democracia a la belarrista: diálogo solo con los que piensan como yo; al resto, cordón sanitario, escrache o directamente boicot. Y si el “fascista” es Arturo Pérez-Reverte, entonces ya no basta con discrepar: hay que reventarle un acto en Sevilla, a la fuerza si hace falta. Porque la libertad de expresión es sagrada… salvo cuando no me gusta quién habla.

Aquí conviene detenerse un segundo. Belarra, que vive de un sistema democrático que le paga el sueldo, le da micrófono y le permite decir estas cosas sin que nadie la mande callar, sostiene que la solución democrática pasa por impedir que otros hablen. Es un concepto novedoso, como el fuego frío o la neurona solitaria.

Lo verdaderamente fascinante no es la ignorancia histórica —que ya sería grave—, sino la naturalidad con la que se exhibe. La convicción de estar moralmente por encima de los demás, incluso cuando se propone usar la fuerza. El autoritarismo envuelto en lenguaje de superioridad ética. El viejo truco: no soy intolerante, es que tú eres fascista. Y como eres fascista, no mereces derechos.

Belarra representa una generación política que confunde democracia con catecismo, pluralismo con sumisión y debate con linchamiento. Una política que cree que la historia empieza cuando ella abre la boca y termina cuando alguien la contradice. Todo lo anterior es sospechoso; todo lo posterior, irrelevante.

Y así, mientras decide qué nombre tiene que tener una guerra que dejó un millón de muertos, también decide quién puede hablar, quién debe callar y a quién hay que expulsar del espacio público. No por lo que haga, sino por lo que piense. No por delinquir, sino por disentir.

Al final, el problema no es que Ione Belarra no sepa lo que es la Guerra Civil. El problema es que no sabe lo que es la democracia, pero la pronuncia como si fuera suya. Como si fuera un juguete ideológico que solo funciona cuando ella aprieta el botón.

España ya tuvo demasiados comisarios de la verdad, demasiados salvadores con una sola neurona y demasiada gente convencida de que callar al otro es una virtud. No acabó bien. Nunca acaba bien.

Pero tranquilos: seguro que el nombre de eso también lo cambiarán.

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