España, ese viejo imperio que enseñó a media Europa a navegar, hoy aprende a no llegar a tiempo a las reuniones. No es que nos inviten tarde. Es que a veces no vamos. Y otras, lo que es peor, parece que no nos esperan.

Mientras Friedrich Merz y Giorgia Meloni se organizan una previa discreta —de esas donde se decide lo que luego se finge debatir—, y Emmanuel Macron se suma aunque esté a la gresca con medio vecindario, España contempla el paisaje. Con calma. Con serenidad. Con esa pachorra diplomática que consiste en llegar directamente al postre.

Porque la reunión clave, la de verdad, la que fija postura antes de la cumbre de competitividad en el castillo de Alden Biesen, contará con una quincena de países. También estará Ursula von der Leyen. Es decir, estarán todos los que pesan. Todos… salvo uno.

España. El único gran país que no acude.

No es una cuestión de agenda. Es una cuestión de temperatura política. Cuando el corazón europeo late, conviene estar en la sala. O al menos en el pasillo. Pero Pedro Sánchez ha decidido ir directamente a la cumbre convocada por António Costa. Ir al acto principal sin pasar por el camerino. Sin ensayar el discurso común. Sin formar parte del borrador invisible.

Uno imagina la escena: Alemania proponiendo una Europa de dos velocidades, Italia pidiendo simplificación regulatoria, Francia defendiendo eurobonos como quien defiende el último croissant antes del cierre. Y España… enviando unas líneas por escrito. Un par de frases sobre integración, Made in Europe y acero bajo en carbono. Muy digno todo. Muy correcto. Pero lejos del murmullo donde se reparte el poder.

Porque el poder en Bruselas no se ejerce en el pleno. Se cocina en la previa. En la mesa redonda donde no hay micrófonos. Ahí se decide si tu país lidera, acompaña o simplemente asiente.

La sensación —esa palabra tan diplomática— es que el Gobierno anda ocupado en casa. Y cuando uno está pendiente de apagar incendios domésticos, difícilmente puede discutir el diseño de la chimenea europea. Las prioridades han cambiado en la Unión. La seguridad, la industria, la autonomía estratégica. Y España, que hace no tanto presidía el Consejo con aire de anfitrión aplicado, ahora parece invitado de última fila.

No es una catástrofe histórica. No caerá la Bolsa por ello. Pero sí es un síntoma. Cuando Alemania, Italia y Francia coordinan posiciones y tú no estás, el mensaje es claro: la centralidad se desplaza.

España fue durante décadas uno de los motores políticos del sur europeo. Hoy corre el riesgo de convertirse en comentario al pie de página. Y eso, en política internacional, es el preludio de la irrelevancia.

La competitividad no se decreta; se negocia. Y la influencia no se reivindica; se ejerce. Si no estás en la reunión donde se perfila la postura común, luego solo puedes matizar.

Y Europa, que es un club exigente y algo cruel, no espera a quien llega tarde. Ni siquiera si fue imperio.

Al final, lo más inquietante no es que España falte a una cita. Es que parezca normal que falte. Y cuando lo anómalo deja de sorprender, es que hemos bajado el listón.

En Bruselas, el que no está, no cuenta. Y eso sí que debería importarnos.

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