España es un país fascinante. Capaz de celebrar una hazaña durante exactamente cinco minutos… antes de empezar a buscarle las cosquillas. Da igual lo que ocurra, da igual el mérito, da igual el contexto: siempre hay alguien dispuesto a indignarse. Y si no hay motivo, se inventa. El último ejemplo lo hemos visto esta semana con la histórica victoria de Rosa Rodríguez en Pasapalabra.

Este jueves 5 de febrero, Rosa se convirtió en la ganadora del mayor bote repartido nunca por el concurso: 2.716.000 euros. Más de 300 programas de enfrentamiento, horas de tensión, memoria prodigiosa, nervios de acero y un duelo larguísimo frente a Manu Pascual que ya forma parte de la historia del programa. Un momento televisivo de los que deberían quedar solo para la celebración.

Pero no. Estamos en España.

Del récord histórico al linchamiento digital en tiempo récord

Apenas habían pasado unos minutos desde que Rosa cerrara El Rosco cuando las redes sociales comenzaron a arder. No por el bote, no por el récord, no por el esfuerzo acumulado durante meses. No. Por cómo pronunció un apellido en inglés.

La pregunta era clara: “¿Cuál es el apellido del jugador de fútbol americano que en 1968 fue elegido MVP de la NFL por la agencia AP?”. Rosa respondió “Morrall”, en referencia al quarterback Earl Morrall. El programa dio la respuesta por válida de manera inmediata. Fin de la historia. O eso parecía.

Porque para una parte del público, aquello no era suficiente. En cuestión de minutos aparecieron mensajes hablando de “tongo”, de “ayuda”, de “pronunciación incorrecta”. Según algunos, Rosa había dicho “Morel” y no “Morrall”. Y con eso, ya estaba montado el circo.

“Ha dicho Morel”, “nadie se cree que supiera ese apellido”, “se nota que le chivaron la respuesta”, “justicia para Manu”. Todo eso por una pronunciación discutible de un apellido extranjero. Como si en este país no lleváramos décadas escuchando a tertulianos, presentadores y políticos pronunciar de diez formas distintas apellidos como Trump, Biden, Macron o Schwarzenegger sin que a nadie le dé un ataque de purismo lingüístico.

El éxito ajeno y la sospecha: un clásico muy español

Resulta llamativo el nivel de exigencia repentino. Porque si aplicáramos ese criterio, habría que invalidar media historia de la televisión española. ¿Cuántas veces se ha hablado de deportistas, actores o políticos internacionales con pronunciaciones aproximadas, adaptadas o directamente castellanizadas? Todas. Cada día.

Pero aquí no se trataba de rigor. Se trataba de otra cosa muy nuestra: la sospecha automática, la incapacidad para aceptar el éxito ajeno sin buscar una trampa, la necesidad casi patológica de pinchar el globo cuando alguien destaca.

Frente a ese ruido, por suerte, también apareció la otra España. La que recordó el recorrido impecable de la concursante, su regularidad, su templanza y su capacidad demostrada una y otra vez para resolver El Rosco. La que entiende que un concurso de conocimiento no se convierte en fraude porque alguien no vocalice como un locutor de la BBC.

Al final, la polémica dice mucho menos de Pasapalabra y de Rosa Rodríguez que de nosotros mismos. De esa costumbre tan española de pasar del aplauso al linchamiento en tiempo récord. De esa obsesión por discutir lo accesorio para no reconocer lo esencial.

Rosa ganó. Ganó limpiamente. Ganó con conocimiento, constancia y nervios. Y sí, pronunció un apellido extranjero como lo pronuncia cualquier español medio. Exactamente igual que hacemos todos, todos los días.

Pero en fin. Esto es España. Y mañana, otra polémica. @mundiario

Por Editorial

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