El Ateneo de Madrid, esa catedral laica donde el polvo de los anaqueles tiene más lecturas que muchos suplementos culturales, abrió sus puertas para homenajear a uno de sus hijos predilectos: Javier Sádaba. No es poca cosa que el viejo caserón del pensamiento crítico, tan dado a las tertulias interminables y a los silencios densos, se levante para aplaudir a alguien sin que medie una conspiración estética o un premio con canapé incluido.

El Ateneo y la vieja liturgia del pensamiento incómodo

Sádaba —bilbaíno, progresista confeso y “anarquista pacifista” por definición propia— lleva décadas haciendo algo que en España se considera deporte de riesgo: pensar en voz alta sin pedir permiso. Formado como teólogo, ejerció de catedrático, pero jamás de catedrático solemne. Tiene la mala costumbre de hablar claro, que es una forma de insolencia muy mal vista cuando uno se mete con las religiones institucionalizadas, con los dogmas cómodos y con la fe burocrática.

Especialista en Ludwig Wittgenstein —ese señor que nos enseñó que el lenguaje es una trampa con modales de salón—, Sádaba hizo del límite de las palabras una ética personal. Decir solo lo que puede sostenerse. Callar ante la impostura. Y desconfiar siempre del poder cuando empieza a hablar como si fuera conciencia.

En el Ateneo estaban muchos de los sospechosos habituales del paisaje intelectual: Nieves Herrero, Antonio Garrigues Walker, Luis Alberto de Cuenca… y, cómo no, Fernando Savater, el donostiarra que convirtió la libertad en pedagogía y la pedagogía en combate. Si Sádaba desmonta, Savater empuja. Si uno sospecha, el otro afirma. Dos maneras de no arrodillarse.

Sádaba y Savater: amistad, silencio y regreso

Durante quince años no se hablaron. En España, donde nos reconciliamos con enemigos históricos pero dejamos de hablar a los amigos por matices, eso es casi tradición. El silencio entre ambos fue largo, pero nunca sucio. La vida —que no pregunta por ideologías cuando reparte desgracias— los volvió a sentar en la misma mesa tras la muerte de sus esposas. No hubo declaraciones solemnes ni abrazos teatrales. Solo el reconocimiento de que la amistad, cuando es de verdad, sabe esperar.

Se evocó también a Carmen Díez de Rivera, musa de una Transición que hoy algunos quieren reescribir como si hubiera sido un error tipográfico. Y se recordó aquella frase de Lola Flores, que pedía que no le llevaran filósofos a sus fiestas —en alusión a Aranguren— pero sí al “Pájaro Espino”, apodo que dedicaba a un Sádaba joven, guapo y con talento para cantar, beber y pensar sin despeinarse. España fue eso: una mezcla improbable de bata de cola y tratado de ética.

El homenaje no fue un ajuste de cuentas con el pasado ni una exhibición de currículos. Fue algo más incómodo: un recordatorio de que hubo una generación que se tomó la filosofía en serio sin convertirla en un sudoku ideológico. Los llamados “filósofos de la Transición” —esa etiqueta que algunos pronuncian con nostalgia y otros con desdén— sacaron el pensamiento de la torre de marfil y lo pusieron en la sobremesa. Entre el café, el coñac y la discusión.

Pensar sin tribu en tiempos de ruido

Hoy, cuando el ruido sustituye al argumento y la consigna ha reemplazado al matiz, celebrar a Javier Sádaba es casi un acto subversivo. Porque pensar sin tribu es peligroso. Porque no militar en certezas absolutas deja a uno sin aplauso fácil. Porque la ética laica, cuando es coherente, incomoda tanto a beatos como a revolucionarios de salón.

El Ateneo hizo justicia. No con fanfarria, sino con respeto. Y eso, en tiempos de histeria digital y sabios de 280 caracteres, es un lujo casi obsceno.

A Sádaba le queda lo mejor que puede quedarle a un pensador: haber incomodado lo suficiente como para que su nombre no sea solo un epígrafe académico, sino una conciencia en movimiento.

Y eso, créanme, no lo consigue cualquiera. @mundiario

 

Por Editorial

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