Hay personas que pasan por la historia haciendo mucho ruido y dejando muy poca huella.

Y hay otras que apenas hacen ruido, pero terminan cambiando el destino de un país.

El conde de Perlac pertenecía a este último grupo.

Ahora que comienza un nuevo verano y que millones de turistas vuelven a elegir España como destino para sus vacaciones, me parece un momento oportuno para recordar a un hombre al que nuestro país nunca ha reconocido como realmente merece.

Porque cuando hablamos del extraordinario desarrollo turístico español solemos hacerlo a través de cifras. Hablamos de millones de visitantes, de ocupación hotelera, de impacto económico o de récords históricos. Todo eso está muy bien. Pero detrás de cada uno de esos números hubo personas de carne y hueso que dedicaron su vida a conseguir que quien llegara a España quisiera regresar.

Uno de ellos fue el conde de Perlac.

El hombre que convirtió un hotel en la mejor tarjeta de presentación de España

Hoy resulta difícil explicar a los más jóvenes lo que significó la Costa del Sol durante las décadas de los sesenta, setenta y buena parte de los ochenta. Aquello no era simplemente una zona de playa. Era el escaparate de una España que empezaba a abrirse al mundo, un país que dejaba atrás décadas de aislamiento para presentarse como un destino moderno, acogedor y capaz de competir con cualquier rincón del Mediterráneo.

Y en ese escenario hubo un hotel que se convirtió en un auténtico símbolo: el Don Pepe de Marbella. Durante casi cuarenta años, el alma de aquel hotel tuvo nombre y apellidos: Francesco Alfonso Somoggi de Perlac.

Sería un error definirle únicamente como su director. Porque un director administra. El conde de Perlac hacía algo mucho más complejo: creaba prestigio.

Convirtió un hotel en una auténtica embajada de España. Por sus salones desfilaron jefes de Estado, miembros de familias reales, actores de Hollywood, empresarios, artistas, deportistas y algunas de las personalidades más influyentes del mundo. Sin embargo, quienes le conocieron destacan una virtud que hoy parece casi olvidada: trataba con la misma educación y el mismo respeto a un rey que al último empleado del establecimiento.

Ese era su verdadero sello.

El hombre que vio nacer la Marbella internacional

Hay un detalle de su biografía que explica muchas cosas. El conde de Perlac llegó a Marbella en 1949, cuando la ciudad todavía estaba muy lejos de convertirse en el referente internacional que hoy conocemos. Tuvo el privilegio de contemplar, casi desde el principio, la transformación de un pequeño municipio costero en uno de los destinos turísticos más prestigiosos del mundo.

Aquella Marbella no se construyó únicamente con inversiones o edificios. Se levantó gracias al trabajo diario de personas que entendieron que el prestigio era algo que se ganaba cliente a cliente.

El propio Perlac recordaba que en aquellos primeros años la promoción era casi artesanal. Un visitante satisfecho recomendaba el destino a sus amigos; estos regresaban al año siguiente con sus familias y, poco a poco, Marbella fue conquistando Europa. No había campañas de publicidad multimillonarias ni redes sociales. Había confianza. Y esa confianza se apoyaba en profesionales como él.

Bajo su dirección, el Hotel Don Pepe terminó convirtiéndose en mucho más que un establecimiento de cinco estrellas. Era un lugar donde se encontraban la alta sociedad europea, empresarios, artistas, políticos y miembros de distintas casas reales, todos ellos atraídos por una combinación que hoy sigue siendo difícil de igualar: excelencia, discreción y elegancia.

La elegancia y la excelencia como forma de entender la hostelería

En una época en la que todavía no existían internet, las redes sociales ni las campañas de marketing globales, el prestigio de un destino dependía casi exclusivamente de las personas.

No había algoritmos. Había profesionales. Y el conde de Perlac entendió antes que muchos que la mejor publicidad para España era un cliente satisfecho.

Hoy hablamos constantemente de excelencia turística, de experiencia del cliente, de fidelización o de marca país, como si fueran conceptos nacidos en alguna escuela de negocios.

Él llevaba décadas poniéndolos en práctica. Sin hacer discursos. Sin escribir libros sobre liderazgo. Simplemente trabajando.

El verdadero lujo, según demostraba cada día, no estaba únicamente en una gran suite o en un comedor impecable. El verdadero lujo era conseguir que un huésped sintiera que estaba exactamente donde deseaba estar.

Y esa diferencia solo la marcan las personas.

El conde de Perlac, un embajador silencioso de la Marca España

Siempre me ha llamado la atención que España recuerde con tanta facilidad a quienes ocuparon un despacho oficial y olvide con tanta rapidez a quienes levantaron el prestigio del país desde la empresa, la cultura o el trabajo diario.

El conde de Perlac nunca necesitó ocupar un ministerio para servir a España. Lo hizo desde un hotel. Y quizá con más eficacia que muchos ministros. Porque cada visitante que regresaba satisfecho a su país se convertía en un embajador espontáneo de Marbella, de Andalucía y de España. No vendía únicamente habitaciones. Vendía confianza. Vendía hospitalidad. Vendía una forma de entender nuestro país. Y eso tiene un valor incalculable.

Con el paso de los años, cuando Marbella atravesó etapas difíciles que dañaron su imagen internacional, el conde de Perlac nunca escondió su tristeza. Había dedicado toda una vida a construir un prestigio que costó décadas consolidar y sabía perfectamente que la reputación es mucho más fácil destruirla que levantarla.

Sus reflexiones sobre aquella época no nacían de la crítica, sino del cariño profundo que sentía por una ciudad a la que había visto crecer y triunfar.

Un legado que España tiene la obligación de recordar

Pero sería injusto quedarse únicamente en el extraordinario profesional. Quienes tuvieron la fortuna de tratarle hablan también del hombre. De su educación exquisita. De su elegancia natural. De esa mezcla de autoridad y cercanía que solo poseen quienes no necesitan imponer respeto porque ya lo inspiran.

Era un aristócrata en el sentido más noble del término. No por un título. Sino por las maneras. Por la forma de escuchar. Por la discreción. Por el respeto hacia los demás. Por esa capacidad, hoy tan escasa, de hacer sentir importante a la persona que tenía delante. Quizá esa fuera la clave de su éxito. Entendió que el verdadero lujo nunca ha consistido en los mármoles, las lámparas de cristal o las suites presidenciales. El auténtico lujo siempre ha sido el trato humano. Y esa filosofía convirtió al Hotel Don Pepe en un referente internacional durante décadas. Muchos recordarán la Marbella de aquellos años por el glamour, por los famosos o por las grandes fiestas. Yo prefiero recordarla también por hombres como el conde de Perlac. Porque fueron ellos quienes dieron credibilidad a todo aquello.

Quienes demostraron que España podía competir con los mejores destinos del mundo no solo por el clima, sino también por la calidad de sus profesionales.

Mientras hoy seguimos batiendo récords turísticos y celebrando la llegada de millones de visitantes, conviene no olvidar que ese éxito tiene raíces profundas. Tiene nombres. Tiene historias. Y tiene personas que trabajaron cuando todavía nadie hablaba de liderazgo turístico. El conde de Perlac fue una de ellas. Y por eso he querido escribir estas líneas. Porque los países también se construyen gracias a hombres discretos que nunca buscaron protagonismo. Hombres cuya mejor tarjeta de visita fue siempre el trabajo bien hecho.

Cuando dentro de unos días millones de visitantes paseen por Marbella, muy pocos sabrán quién fue el conde de Perlac. Es lógico. Los grandes profesionales rara vez buscan protagonismo. Prefieren que hablen sus obras.

Pero quizá ha llegado el momento de que España empiece a recordar también a quienes levantaron su prestigio desde el silencio, la educación y el trabajo bien hecho.

Porque el conde de Perlac no solo dirigió uno de los mejores hoteles de nuestro país.

Durante casi cuarenta años ayudó a proyectar al mundo una imagen de España basada en la excelencia, la hospitalidad y la elegancia.

Y eso, aunque nunca aparezca en los libros de Historia, también contribuye a construir un país.

Hoy, cuando el turismo sigue siendo la gran industria española y millones de personas vuelven a elegirnos para disfrutar de sus vacaciones, resulta justo detenerse un instante para dar las gracias a quienes hicieron posible ese éxito.

El conde de Perlac fue, sin duda, uno de ellos. @mundiario

 

Por Editorial

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