Hay risas que chirrían más que un raíl mal soldado. La de Óscar Puente esta mañana, en el micrófono educado y afilado de Carlos Alsina, fue una de ellas. Pregunta directa, respuesta de chascarrillo: ¿dimitir si la investigación señalara responsabilidades políticas por el descarrilamiento? Dimitir yo… y la sonrisa se escapa como quien no se reconoce en el espejo de la responsabilidad. El espejo, por cierto, estaba colocado en Más de uno.

El guion fue el de siempre: solemnidad para los datos que conviene no dar, y picardía para lo que molesta. Que los muertos —cuarenta y uno, balance provisional— los cuente otro. Que las causas, ya si eso, mañana. Hoy toca el comodín técnico: “la cuestión es determinar si la rotura del raíl es causa o consecuencia”. Punto. Se cierra el debate, se abre el paraguas. El coche seis aún no se ha examinado; la investigación es compleja; los raíles conducen corriente; pasaron trenes antes; todo es “muy extraño”. Extraño, sí: que el responsable político se permita bromear cuando el país está de luto.

Puente compareció con ese aire de señorito satisfecho —aunque venga de Valladolid— que confunde la altivez con la autoridad. Prepotente con el ciudadano y resbaladizo con la pregunta incómoda. Sueldo y privilegios bien planchados, ceja en alto y una carcajada para espantar el fantasma de la dimisión. No está “pensando en eso”. Nunca lo están. Pensar en irse es de otros. De los que no mandan.

También hubo cifras, claro. Que si 700 millones en esa línea. Que si 6.000 en la red. Que si la desinversión fue de antes. La herencia maldita: el comodín vintage. Y mientras tanto, el presente se cobra vidas. La vía se colocó en mayo; imposible una rotura previa; el sistema avisa. Todo funciona, salvo cuando no. El accidente no puede ser “más extraño”. Tan extraño como una risa fuera de lugar.

La escena deja una estampa conocida: el ministro matón del presidente, el escudo humano del poder. Pedro Sánchez al fondo, el cortafuegos delante. Se investiga, se esperará, se verá. Y si al final hay responsabilidades políticas, ya tal. De momento, no se lo plantea. Y se ríe.

Hay países donde un ministro baja la cabeza ante una tragedia. Aquí se sube el volumen del tecnicismo y se baja el del pudor. No dimitir, ni siquiera contemplarlo, es la nueva normalidad. El raíl puede estar roto o no; lo que sí está claro es el reflejo: un poder que se mira y se gusta. Y cuando el espejo devuelve muertos, cambia de ángulo.

Porque la pregunta no era técnica. Era moral. Y a esa, hoy, el ministro respondió con una carcajada.

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