Hay días en que uno abre las redes sociales con la misma prevención con la que se destapa una lata olvidada al sol. Nunca sabes qué va a salir disparado. Y entonces aparece Antonio Maestre, látigo moral de guardia, dispuesto a ilustrarnos sobre el universo conocido con una frase que cabe en una servilleta de bar: que el debate sobre el burka no es tal, que en realidad lo que molesta “es la mujer mora que va debajo”.

Y ya está. Fin del pensamiento. Cierre por simplificación.

Uno imagina la escena. Maestre, ante el teclado, en trance justiciero, viendo racistas donde otros ven dilemas jurídicos, culturales o incluso feministas. Porque claro, discutir si una prenda asociada en determinados contextos a la invisibilidad de la mujer debe tener límites legales no es un asunto complejo: es simplemente odio. Así, sin más. Con la misma profundidad que un botellín vacío rodando por la acera.

Y aquí entramos en el problema de esta generación de inquisidores de salón: todo es racismo, todo es fobia, todo es maldad ajena. Nunca hay discrepancia razonable, nunca hay matiz. Si usted plantea una duda sobre integración, derechos individuales o símbolos religiosos, ya no es un ciudadano con opinión: es un villano de opereta.

Es un método estupendo. Le ahorra a uno la molestia de argumentar. No hace falta citar leyes comparadas, ni sentencias europeas, ni opiniones de mujeres musulmanas que rechazan el burka por considerarlo un instrumento de sometimiento. Nada de eso. Basta con señalar al discrepante y gritar “¡racista!”. Es como jugar al ajedrez quitando todas las piezas menos el rey propio.

Lo curioso es que este tipo de discurso presume de complejidad mientras practica el simplismo más primario. Convertir cualquier debate en una batalla moral binaria es cómodo. Y rentable en “likes”. Pero intelectualmente es como discutir metafísica en la barra de un chiringuito, con la tapa de aceitunas como única bibliografía.

Maestre, que gusta de posar de azote de la derecha, parece olvidar que la caricatura es el recurso del que no quiere —o no puede— entrar en el fondo. Porque el fondo es incómodo. El fondo obliga a reconocer que en nombre del relativismo cultural también se han tolerado abusos. Que la igualdad no siempre encaja bien con determinadas prácticas. Que el Estado laico tiene límites y que la libertad individual tampoco es un comodín ilimitado.

Pero claro, todo eso no cabe en una consigna brillante.

Hay en esta actitud algo casi adolescente: esa seguridad pétrea de quien cree haber entendido el mundo entero con dos etiquetas y un hilo de Twitter. Una especie de superioridad moral prefabricada, lista para microondas, que se sirve caliente y sin digestión posterior.

Mientras tanto, el debate real —ese que exige serenidad y argumentos— queda sepultado bajo toneladas de indignación performativa. Y así nos va: discutiendo a gritos lo que debería analizarse con bisturí.

Porque lo verdaderamente llamativo no es que alguien tenga una postura u otra sobre el burka. Lo verdaderamente revelador es la incapacidad de algunos para aceptar que el desacuerdo no equivale a odio. Que no todo el que discrepa es un monstruo. Que el mundo es un poco más complejo que una consigna ingeniosa.

Pero pedirle eso a ciertos predicadores digitales es como pedirle sutileza a un altavoz en fiestas patronales. Mucho ruido, poca música.

Y al final, uno no puede evitar la imagen castiza: el debate rodando por el suelo, como botellines vacíos tras la verbena, mientras algunos celebran su propia ocurrencia creyendo que han iluminado el siglo.

Más tontos que botellines, sí. Pero eso sí: con mucha autoestima.

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